Encho era un famoso cuentista. Sus relatos de amor emocionaban a sus
oyentes. Cuando narraba una historia de guerra, era como si los mismos
oyentes estuvieran en el campo de batalla.
Un día Encho conoció a Yamaoka Tesshu, un lego que casi había conseguido
el dominio del zen.
–Tengo entendido –le dijo Yamaoka–, que eres el mejor cuentista de
nuestro país y que haces reír y llorar a la gente a voluntad. Cuéntame
mi relato favorito, el del Momotaro-san, el Niño Melocotón. Cuando era
pequeño dormía al lado de mi madre, y ella a menudo me contaba esa
leyenda. En medio de la narración me quedaba dormido. Cuéntamela tal
como lo hacía mi madre.
Encho no se atrevió a hacer tal cosa y solicitó tiempo para estudiar. Al
cabo de varios meses se presentó ante Yamaoka y le dijo:
–Por favor, dame la oportunidad de contarte el relato.
–Otro día –respondió Yamaoka.
Encho se sintió muy decepcionado. Estudió más y lo intentó de nuevo.
Yamaoka le rechazaba una y otra vez. Cuando Encho empezaba a hablar,
Yamaoka le interrumpía, diciendo:
–No eres como mi madre.
Encho tardó varios años en llegar a ser capaz de contarle a Yamaoka la
leyenda tal como se la había contado su madre.
De esta manera, Yamaoka impartió el zen a Encho.