Los discípulos de zen hacen el voto de que, aunque su maestro los mate,
se proponen aprender zen. En general, se hacen un corte en un dedo y
sellan con sangre su resolución. Con el paso del tiempo, el voto se ha
convertido en una mera formalidad, y por esta razón al discípulo que
murió a manos de Ekido lo presentaron como un mártir.
Ekido se había convertido en un maestro severo. Sus discípulos le
temían. Uno de ellos, que estaba de servicio, golpeó el gong para dar la
hora, pero se equivocó en el número de golpes porque le distrajo la
visión de una hermosa muchacha que pasaba ante la puerta del templo.
En aquel momento Ekido, que estaba detrás de él, le golpeó con un palo,
con tal violencia que acabó con su vida.
El tutor del discípulo, al enterarse del accidente, fue a ver a Ekido.
Sabía que no era culpable y alabó al maestro por su enseñanza rigurosa.
La actitud de Ekido fue la misma que si el discípulo aún estuviera vivo.
Después de este incidente, logró bajo su guía más de diez sucesores
iluminados, un número realmente extraordinario.